¿Quién? sobre la identidad de una florista
Somos todo aquello que conocemos.
Imaginamos todo aquello que ya hemos visto.
Entonces ¿cómo se construye nuestra identidad?
¿Quien soy? ¿Qué soy? ¿Por qué soy así?
Soy todas las flores que un día vi.
Soy todos los autores que un día leí.
Soy toda la ternura que un día recibí.
En este mundo en el que habitamos la identidad es algo transversal a todo ser humano y, curiosamente es algo único. Es difícil encontrar a dos “yos” iguales.
En mi entrada anterior te hablaba sobre la curiosidad, sobre cómo actúa y se construye. Es por ello que mi siguiente entrada tenía que ser esta, sobre la identidad, todo aquello que la curiosidad nos ayuda a construir. La curiosidad es nuestro camino para alimentar la identidad. Ser ricos en identidad nos convierte en seres completos.
Esta entrada al blog iba a ser diferente pero, he tenido la idea (todavía estoy intentando definir si buena o mala) de ir a ver “La bola negra” y, me quedo con una frase que, para mi, define muy bien la relación que existe entre la curiosidad y la identidad; “Negarse a uno mismo es negarse la vida”.
Porque negarse a uno mismo es renunciar a conocerse, es acallar la voz que nos asalta con preguntas que horadan nuestro ser, es dar respuesta rápida a cuestiones complejas que no entendemos, es cerrar los ojos ante el dolor que sentimos o girar la cabeza cuando la belleza nos invade.
Pero la curiosidad también tiene el poder de devorar la identidad. En el libro “El acto de crear: una manera de ser” de Rick Rubin encontramos un capítulo sobre “La vasija y el filtro”. El mecanismo es sencillo, te lo explico. Nosotros somos como una gran vasija que se va llenando de ideas, pensamientos, emociones, preguntas… de esta parte se encarga la curiosidad. Si llenamos en exceso la vasija se desborda, no nos deja contener nada más o, en el peor de los casos, deja escapar las primeras ideas que entraron y que eran valiosas.
Es aquí donde entra el filtro, la identidad, y donde la curiosidad pierde parte de su inercia. Gracias al filtro analizamos, metabolizamos y adaptamos las ideas que nos llegan para integrarlas dentro de nosotros.
A veces, si no ponemos freno a la curiosidad podemos caer en el ruido, dejando escapar ideas que realmente nos representaban para sustituirlas por otras que nada tienen que ver con quienes somos.
El desarrollo de la identidad entra dentro de la compleja estructura del aprendizaje (otro día si quieres hablamos del tema con más profundidad). Este es el tercer componente del que nos habla Rick Rubin, la fuente, cómo el mundo que nos rodea moldea nuestras ideas.
Lo mejor de todo es que en este mundo tan líquido puedes fluir como quieras. Deja que las ideas entren y salgan, cuestiona aquello que dejas pasar dentro de tu cabeza, cuida de que el ruido no te consuma y pon a salvo todo aquello que te representa, que te hace ser tú.
Ahora es el momento de revisar mi tinaja…
Creo que mi identidad es extraña.
Sé que no soy caso aparte pero, mi trabajo es el 90% de lo que soy. Uno de los primeros sentimientos que me invaden al reflexionar sobre ello es la tristeza. Resumir una vida y una identidad a un trabajo es tan limitado… La suerte está en que tengo el mejor trabajo que puede existir.
Si todo aquello que hago tiene que ver con las flores también tiene que ver con el mundo y, por ende, conmigo misma. Así que ser florista no es renunciar a todas las cosas que soy cuando no tengo el delantal puesto, es aprovechar cada minuto de mi existencia para descubrir lo que me conecta con el presente y eso, amigo mío, es aprender sobre quién soy.
Pero si quieres una respuesta más sencilla te puedo decir que soy todas las flores que un día vi, todos los autores que un día leí y toda la ternura que un día recibí.